—No cambia que nos cuidaste ahora —dijo despacio—. Pero sí cambia que no somos solo una carga.
Tomás negó con fuerza, como si pudiera romper el destino a base de negar.
—Ustedes son parte de esta casa desde el momento en que cruzaron esa puerta.
Esa misma semana, Worth llegó al porche. No tocó. Entró como si el mundo le debiera permiso. Traía un papel doblado y una sonrisa de dientes blancos.
—Vengo a cobrar una cuenta pendiente.
Tomás se interpuso delante de las niñas.
—Aquí nadie te debe nada.
Worth sacó el papel.
—Aquí dice lo contrario. Magdalena pagaría con trabajo o con bienes. Y como ya no está… tus nuevas huéspedes sirven de garantía.
Tomás dio un paso. La mirada le salió como un disparo sin ruido.
—Si das un paso más, te vas sin dientes.
Worth rió, pero su risa no tenía valor.
—No necesito tocarte para arruinarte. Págame… o firma. Véndeme la parte norte. Me interesa tu tierra.
Tomás arrojó sobre la mesa un pequeño fajo de monedas, todo lo que tenía a mano.
—Tómalo y vete.
Worth contó lento.
—No es suficiente. Nos veremos pronto.
