“Hoy vino Magdalena. Traía a Lía en brazos. Me pidió que la cuidara si algo le pasaba. Le juré que Tomás cumpliría. No le reprocho nada. El amor se parece al viento: no se ve, pero mueve lo que toca…”
Tomás se dejó caer contra una viga. Alma subió alarmada. Y el secreto, por fin, se derramó.
—Hay cosas que deben saber —dijo, con la voz rota—. Hace años… Magdalena y yo nos quisimos. Y Lía… es mi hija.
El silencio fue un abismo. Ru jugaba con la cuerda de la lámpara sin entender. Lía sostuvo el cuaderno como un escudo.
—¿Por qué no estuviste con nosotras? —preguntó, y esa pregunta le atravesó a Tomás la vergüenza.
—Porque fui cobarde —admitió—. Porque creí que lo correcto era no mirar atrás. Y me equivoqué.
Alma respiró hondo.
