“Yo también quisiera ser tu papá”, le confesó Sebastián una madrugada, sentado en la cama del niño. “Más que nada.”
“Entonces… ¿por qué no podés serlo?”
No había respuesta fácil. Solo una decisión difícil.
El abogado fue claro: casados, Sebastián podía iniciar adopción. La familia se vería estable ante el juez. El miedo de Lucía era enorme, pero la verdad también estaba ahí, creciendo silenciosa desde hacía meses: Sebastián no se estaba quedando por obligación. Se estaba quedando porque los amaba.
“No sería mentira”, dijo él una tarde, con la voz temblorosa. “Me enamoré de vos viéndote ser madre. Y me enamoré de él… porque es imposible no hacerlo.”
