“PERDÓNAME, HIJO, NO HAY CENA,” LLORÓ LA MADRE… UN MILLONARIO ESCUCHÓ Y LO QUE HIZO LA DEJÓ HELADA

“Mami… tengo hambre.”

Lucía apretó los labios para que no le temblaran. Mateo tenía apenas cuatro años, pero su pancita ya conocía un lenguaje que ningún niño debería aprender: ese vacío que no se calma con promesas. Ella le acarició el cabello con una mano, mientras con la otra sostenía una bolsa ligera, casi ridícula, con botellas plásticas vacías que había juntado durante el día.

 

“Ya vamos a comer algo, mi amor”, murmuró.