“PERDÓNAME, HIJO, NO HAY CENA,” LLORÓ LA MADRE… UN MILLONARIO ESCUCHÓ Y LO QUE HIZO LA DEJÓ HELADA

Pero la mentira le raspó la garganta. Esa semana había mentido demasiadas veces. Mentir no por costumbre, sino por supervivencia. Porque decir la verdad a un niño era como tirarlo al piso sin colchón.

El supermercado brillaba con luces de Navidad. Guirnaldas doradas, música alegre, gente empujando carritos repletos. Había olor a pan recién hecho y a canela, a algo que para Lucía sonaba a lujo. Buenos Aires estaba hermosa esa noche, como si la ciudad se hubiera puesto un vestido para celebrar… pero ella caminaba con zapatos gastados, cuidando cada paso para que Mateo no notara el miedo.

Mateo se detuvo frente a una montaña de pan dulce envuelto en papel brillante.

“¿Vamos a comprar uno este año? Como el año pasado con la abuela…”

El año pasado. Lucía sintió el golpe en el pecho. El año pasado su madre estaba viva. El año pasado tenía trabajo fijo limpiando casas, y aunque no sobraba nada, al menos había una mesa. Al menos había un techo que no se empañaba por dentro como el parabrisas del auto prestado donde dormían desde hacía dos semanas.

“No, mi cielo… este año no.”