“PERDÓNAME, HIJO, NO HAY CENA,” LLORÓ LA MADRE… UN MILLONARIO ESCUCHÓ Y LO QUE HIZO LA DEJÓ HELADA

Cuando se fue, Lucía se quedó inmóvil, sin saber si agradecer o huir.

“No sé quién es usted”, dijo, incorporándose, “y no necesitamos—”

“Sí necesitan.”

La frase no fue cruel. Fue verdadera. Él la miró directo a los ojos.

“Los escuché. Y nadie debería pasar Navidad con hambre. Especialmente un niño.”

Se agachó a la altura de Mateo, con una sonrisa suave.

“Hola. Me llamo Sebastián.”

Mateo se escondió detrás de la pierna de su mamá, pero miró de reojo.

“¿Cómo te llamás?”

Silencio.