En el estacionamiento, Lucía caminó hacia el Renault viejo de la señora Paz. El auto parecía más triste al lado del Mercedes negro de Sebastián. Él lo entendió todo con una sola mirada: el desorden en el asiento trasero, la manta, la bolsita con ropa.
“¿A dónde van después de esto?”, preguntó.
El silencio fue una caída.
“A… ningún lado”, admitió Lucía al fin. “Dormimos acá.”
Sebastián dejó las bolsas en el suelo, se pasó una mano por el pelo, como si la realidad le pesara de golpe.
“Mi hotel tiene restaurante. Está abierto esta noche. Vengan a cenar conmigo. Después… vemos. Pero por lo menos esta noche no van a estar en un auto.”
