“PERDÓNAME, HIJO, NO HAY CENA,” LLORÓ LA MADRE… UN MILLONARIO ESCUCHÓ Y LO QUE HIZO LA DEJÓ HELADA

Y empezó a caminar, empujando el carrito. Lucía lo siguió, con el corazón golpeándole las costillas, esperando en cualquier momento el truco, la condición, la humillación escondida. Pero no hubo nada de eso. Sebastián llenó el carrito con carne, papas, pan rallado, ensalada, jugo, frutas. Cada vez que Mateo señalaba algo, Sebastián lo agregaba sin hacer cuentas, sin suspirar, sin mirar el precio.

En la caja, pagó como quien paga un café. Lucía vio el número final y sintió vértigo: era más de lo que ella había ganado en dos semanas cuando todavía tenía trabajo.

“No podemos aceptar esto”, intentó decir, temblando.

Sebastián la miró serio.

“Lo que usted le dijo a su hijo… nadie debería tener que decir eso. Déjeme hacer esto, por favor.”