“PERDÓNAME, HIJO, NO HAY CENA,” LLORÓ LA MADRE… UN MILLONARIO ESCUCHÓ Y LO QUE HIZO LA DEJÓ HELADA

Mateo comió despacio al principio, como si temiera que alguien le quitara el plato. Luego más rápido, con esa hambre vieja que no se cura en una noche. Lucía lo observaba y se le cerraba la garganta: su hijo decía que era “lo más rico que comió en toda su vida” y ella pensaba que eso era una tragedia disfrazada de frase bonita.

Sebastián no preguntó de inmediato. Habló de cosas simples, le preguntó a Mateo por dinosaurios. Mateo sacó del bolsillo un tiranosaurio pequeño, gastado, con marcas de uñas.

“Se llama Rex”, dijo, orgulloso. “Me protege cuando duermo.”

Sebastián lo miró con una tristeza contenida.

“Los tiranosaurios son los más fuertes”, respondió.