La primera visita supervisada fue un desastre. Mateo no soltó la pierna de Sebastián. Roberto intentó agarrarlo y Mateo gritó. Esa noche, el niño tuvo pesadillas. Lloró diciendo que se lo iban a llevar, que no vería más a su mamá, que perdería a “papá Sebas”.
“Yo también quisiera ser tu papá”, le confesó Sebastián una madrugada, sentado en la cama del niño. “Más que nada.”
“Entonces… ¿por qué no podés serlo?”
No había respuesta fácil. Solo una decisión difícil.
El abogado fue claro: casados, Sebastián podía iniciar adopción. La familia se vería estable ante el juez. El miedo de Lucía era enorme, pero la verdad también estaba ahí, creciendo silenciosa desde hacía meses: Sebastián no se estaba quedando por obligación. Se estaba quedando porque los amaba.
