“No sería mentira”, dijo él una tarde, con la voz temblorosa. “Me enamoré de vos viéndote ser madre. Y me enamoré de él… porque es imposible no hacerlo.”
Lucía, que había pasado años sobreviviendo sin permitirse soñar, dijo “sí” con lágrimas que no eran de derrota, sino de algo nuevo: alivio.
La boda fue simple. Civil. Patricia de testigo. Mateo con traje chiquito llevando los anillos, serio como si custodiara un tesoro.
“¡Ahora somos una familia de verdad!”, gritó el niño cuando los declararon marido y mujer, y todos rieron llorando.
La audiencia fue el verdadero filo. Roberto, trajeado, actuó como víctima arrepentida. Sebastián habló de aquella Nochebuena en el supermercado, de Lucía arrodillada pidiendo perdón por no tener cena, de cómo no pudo hacerse el ciego. Lucía contó cuatro años de ausencia y silencio.
