El juez miró todo. Papeles, cartas, registros médicos donde Roberto nunca aparecía. Testimonios del jardín, del hotel, videos de rutinas simples: cuentos antes de dormir, risas, desayunos.
Y luego pidió hablar con Mateo a solas.
Lucía casi se desmayó de pánico.
En el despacho, el juez le dio jugo y galletitas. Mateo respondió con la verdad más limpia del mundo:
“Antes vivíamos en un auto y no era lindo. Ahora tengo mi cuarto. Tengo comida. Mi mami se ríe.”
“¿Quién es tu papá?”, preguntó el juez.
