“PERDÓNAME, HIJO, NO HAY CENA,” LLORÓ LA MADRE… UN MILLONARIO ESCUCHÓ Y LO QUE HIZO LA DEJÓ HELADA

Cruzaron pasillos donde todo parecía decirles “sí” y, al mismo tiempo, “no es para ustedes”. Jugos, galletitas, chocolates, juguetes. Mateo miraba todo con ojos enormes.

“¿Puedo tomar juguito hoy?”

“No, amor.”

“¿Y galletitas? Las de chocolate…”

“No.”

“¿Y las comunes…?”

Lucía respondió más duro de lo que quería, y vio cómo la carita de Mateo se apagaba, como una lucecita que se rinde. El corazón se le hizo polvo otra vez. ¿Cuántas veces se puede romper un corazón sin desaparecer por completo?