“PERDÓNAME, HIJO, NO HAY CENA,” LLORÓ LA MADRE… UN MILLONARIO ESCUCHÓ Y LO QUE HIZO LA DEJÓ HELADA

Llegaron a la máquina de reciclaje. Lucía metió una botella, luego otra. Sonidos mecánicos, números que subían despacio. Diez botellas. Diez oportunidades pequeñas. La máquina escupió un cupón.

Veinticinco pesos.

Lucía lo miró como si fuera una burla. Veinticinco. En Nochebuena.

Mateo se agarró de su mano con una esperanza que dolía.

“Ahora sí vamos a comprar comida, ¿verdad? Tengo mucha hambre.”

Lucía sintió que algo en ella cedía. Había sostenido el mundo con los dientes hasta ese momento, pero la mirada de su hijo, tan confiada, le partió la resistencia. No podía mentirle más. No esa noche.