La tarde caía sobre Manhattan y el sol se colaba entre los rascacielos, pintando de naranja las fachadas de cristal. En la esquina de la Quinta Avenida, el tráfico rugía como siempre, taxis tocando bocina, turistas sacando fotos, oficinistas caminando deprisa. Nada parecía fuera de lo normal… hasta que un Rolls-Royce Phantom negro, brillante como un espejo, se detuvo en seco en medio de la avenida y empezó a echar vapor por el capó.
La gente redujo el paso. Algunos grababan con el móvil, otros murmuraban: “¿Quién será el dueño?”. No tardaron en reconocerlo. De la puerta trasera bajó un hombre joven, árabe, impecablemente vestido con un traje Armani a medida, reloj de oro asomando discretamente bajo la manga. Wid Al-Rashid, uno de los millonarios más jóvenes de la industria del petróleo. Acostumbrado a que todo funcionara a la perfección, miró el humo con el ceño fruncido, como si la avería lo hubiera insultado personalmente.
