En medio de todo esto, con su camiseta del “Fundación Martínez” y su pelo recogido a la carrera, estaba Harper. Tenía ocho años, resolvía problemas de cálculo que muchos adultos evitaban… y al mismo tiempo ayudaba a un niño de seis con una suma básica, como si las dos cosas fueran igual de importantes.
—Ella insiste en seguir yendo a la escuela pública por la mañana —comentaba la doctora Elena Rodríguez, psicóloga educativa, mientras observaba detrás de una ventana—. Podría ir a un colegio privado de élite, pero se niega. Quiere crecer con sus amigos, con su barrio. Y luego venir aquí por las tardes.
Wid, a su lado, sonrió con algo parecido a orgullo.
—Pensé que eso la frenaría —admitió—. Pero me di cuenta de que es exactamente lo contrario. Ella no quiere escapar de su realidad. Quiere elevarla.
