—No se trata de mí —le dijo Harper a Wid, enseñándole los mensajes—. Se trata de todos ellos. De todos los que se sienten como yo me sentía.
De esa certeza nació su idea más grande: una red de programas similares en otras ciudades y países. No grandes internados para “niños genio”, sino nodos conectados: cada uno en su comunidad, con su cultura, con su gente. Todos compartiendo recursos, proyectos y apoyo.
—Podemos usar la tecnología para unirnos —explicaba Harper en una junta de la fundación—. Que Zoe haga experimentos con otros químicos jóvenes desde Atlanta. Que Marcus comparta sus diseños con chicos en Brasil. No para crear copias de mí, sino para que cada uno se convierta en la mejor versión de sí mismo.
La idea creció. Llegó un profesor de MIT, James Chen, hermano de Patricia, que ofreció apoyo técnico y académico. Se sumaron donantes, educadores, incluso gobiernos. En poco tiempo, había sedes en varios continentes. Niños en Mumbai diseñando filtros de agua, en Lagos creando paneles solares, en São Paulo desarrollando software para niños con dificultades de aprendizaje.
