Ella miró el tráfico, los edificios, las ventanas llenas de historias que nunca saldrían en los periódicos.
—Siempre hay algo roto —respondió, sonriendo de esa forma tranquila que la caracterizaba—. Una máquina, una escuela, una ley, una creencia. Siempre hay algo que necesita arreglarse. Y siempre hay alguien que puede ayudar a arreglarlo, si le dan la oportunidad. Eso es lo que sigue.
Y quizá ahí está el corazón de toda esta historia. No se trata solo de un Rolls-Royce arreglado por una niña pobre, ni de una fundación gigante, ni de discursos en la ONU. Se trata de algo mucho más cercano a ti.
Ahora mismo, en tu calle, en tu escuela, en tu familia, hay un niño o una niña que hace preguntas incómodas, que desarma juguetes para ver cómo funcionan, que dibuja mundos imposibles en una libreta, que habla de números como si fueran amigos. Alguien a quien tal vez han llamado “raro”, “intenso”, “soñador”.
