PARTE 1
CAPÍTULO 1: El Sonido de la Escasez
El timbre de la puerta del Café “Los Arcos” era la banda sonora de mi vida. No era un sonido alegre, sino un tintineo metálico cansado, casi como un quejido, que anunciaba a otro cliente necesitado de cafeína, otro plato que recoger y esa pequeña y persistente esperanza de que, al final del turno, el frasco de las propinas tuviera los suficientes pesos para comprarle a mi hijo Lucas los inhaladores que tanto necesitaba.
Nací en una familia de trabajadores. Mi jefe, Miguel, era electricista; mi madre, Clara, era enfermera. Me enseñaron que el respeto no se le niega a nadie, ni al que barre ni al que manda. Estudié gastronomía con la ilusión de poner mi propio restaurante, un lugar donde los sabores de México se sintieran como un abrazo. Pero la vida, como suele pasar, tenía otros planes. Mi padre murió en un accidente de trabajo; mi madre perdió la batalla contra el cáncer poco después. Y luego Jessica, la madre de mi hijo, decidió que esta vida de “pobreza digna” no era para ella. Un día desperté y solo encontré una nota: “No puedo con esto. Lucas estará mejor contigo”.
Desde entonces, mi mundo se redujo a tres cosas: mi hijo de seis años, las deudas que me asfixiaban y este café estancado en el tiempo. La renta en la colonia era de 15,000 pesos; el cuidado de Lucas otros 6,000; sus medicinas, la comida… las cuentas simplemente no cuadraban. Ganaba unos 18,000 al mes con propinas si me iba bien. Estaba hundiéndome, viviendo en el filo de la navaja entre tener un techo y terminar en la calle. Pero frente a Lucas, yo siempre era el superhéroe que todo lo podía.
