QUÉ HARÍAS SI EL “VIEJITO GRUÑÓN” AL QUE LE SIRVES CAFÉ TODOS LOS DÍAS RESULTA SER UN MULTIMILLONARIO QUE TE DEJÓ TODO EN SU TESTAMENTO?

CAPÍTULO 3: El Silencio del Martes

Aquel martes, la Ciudad de México amaneció bajo una tormenta de esas que inundan las calles y ponen a todos de mal humor. Llegué al café empapado a las 5:28 de la mañana. Las 7:15 llegaron y la puerta no se abrió. Don Teodoro nunca llegaba tarde. A las 7:30, mi estómago se apretó. A las 8:00, el café negro que le había preparado ya estaba frío sobre el mostrador.

Le pregunté a Tony si tenía su teléfono, pero nadie sabía nada de él. Era solo un viejo que tomaba café. Sentí una tristeza profunda, una premonición que me caló más que la ropa mojada. Y entonces, a las 9:00, ocurrió lo imposible. El bullicio del café se detuvo en seco. Cuatro hombres inmensos, con trajes negros impecables y auriculares en los oídos, entraron y se apostaron en la puerta. Detrás de ellos, un hombre mayor, con un traje gris que costaba más que mi salario de tres años, caminó directamente hacia mí.

“¿Samuel Rodríguez?”, preguntó con una voz que irradiaba poder. Asentí, con el corazón martilleando mis costillas. Pensé en mis deudas, en la renta atrasada. “Soy Philip Anderson, abogado personal de Don Teodoro Lancaster. Él falleció anoche mientras dormía”. El mundo se me vino abajo. El café que tenía en la mano pesó una tonelada. El viejo solitario se había ido, y yo, por alguna razón que no comprendía, estaba en la mira de sus abogados.

CAPÍTULO 4: La Grieta entre dos Mundos