Se burlaron de su esposa embarazada por ser pobre, sin imaginarse que era la verdadera dueña de la empresa durante toda su vida...-nhuy

—Santi no nació en la clínica Los Ángeles… —dijo—. Nacio en el hospital general. Yo lo pari.

Las palabras cayeron como piedras. Y, sin embargo, Alejandro supo que encajaban. Sofía, su esposa, el accidente, los vacíos médicos, las prisas por un heredero, el fideicomiso… todo encajaba.

Elena se quitó la ropa de una pulsera de hospital vieja, con su nombre y la huella del pie del bebé. Y contó el trato oscuro, el encierro, el parto, la mentira de “nació muerta”, el rostro de Victoria llevándose a un niño que lloraba.

Alejandro presionó el volante hasta ponerse blanco.

—No van a ganar —dijo, con una calma de cuchillo—. Vamos a sacar a mi hijo y vamos a hundirlos. Pero primero: Santi.

El telefono sono. Isabela. Alejandro mintió con hielo. Ella, con voz dulce, dijo lo que lo cambió todo:

—Le di unas gotas. Ahora duerme profundamente. No te preocupes.

La sangre de Alejandro se volvió fuego.

—Cambio de aviones —murmuró, acelerando—. Vamos a la mansión.

Entraron por el garaje, subieron por el ascensor privado y caminaron como sombras hacia el cuarto del niño. Elena se inclinará sobre la cuna y se le detuvo el corazón. Santi estaba pálido, frío, respirando lento, como si se estuviera apagando.

—No despierta… —gimió Elena—. ¿Qué le dieron?

Alejandro vio un frasco Ábar sin etiqueta, una cuchara con residuos. Olió el químico.

—No es valeriana —gruñó—. Lo drogaron.

-¡Hospital! —gritó Elena, abrazando a Santi contra su pecho—. ¡Se nos muere!

Entonces se encendieron las luces. Isabela estaba en la puerta, impecable, triunfal. A su lado, el jefe de seguridad, el “Ruso”, bloqueando el pasillo. Y, a lo lejos, sirenas.

—Llamé a la policía —dijo Isabela, sonriendo—. Que pena, Alejandro. Te ves como un secuestrador.

La trampa se cerraba. Las políticas irrumpieron. Isabela se empujó al suelo actuando. Elena lloraba. Alejandro levantó las manos, soltó el arma al suelo con un movimiento lento.

—Soy Alejandro del Castillo. Ese niño es mi hijo. Y está drogado. Necesita un médico, no esposas.

La duda cruzó la cara del sargento cuando vio el cuerpo inerte del niño. En ese mismo momento, un hombre entró jadeando con un maletín: el doctor Arriaga. Detrás, un notario pálido.

—Felipe, el niño —ordenó Alejandro.