Como resultado, Isabela apareció en la puerta como un espectro elegante, preguntando por qué seguía despierto. Alejandro la miró y, por primera vez, no vio a una prometida perfecta. Vio una extraña.
— ¿Cómo está Santi? —pregunto.
—Dormido al fin. Le di unas gotas para dormir, como sugirió mamá —respondió ella con ligereza—. Valeriana. No te preocupes.
En ese instante, un llanto agudo volvió a romper la casa. Alejandro corrió al cuarto. Santi estaba de pie en la cuna con el pañuelo en la mano, temblando. Cuando vio a Isabela, gritó “No” con furia infantil, señalándola y señalando la puerta, como si supiera que ella era peligro.
Isabela intentó acercarse y Santi le lanzó un juguete de madera a la cara. Isabela, fuera de sí, levantó la mano.
Alejandro la detuvo en el aire.
—No te atrevas —gruñó—. Sal de aquí. Ahora.
Cuando Isabela fue, Alejandro reconoció el caballo de madera del suelo. En la base, talladas con cuchillo, había dos iniciales pequeñas: S y E.
Santi y Elena.
El estómago de Alejandro se volvió un puño. Tomó las llaves, el abrigo, y salió a la lluvia, buscando la dirección del contrato de la agencia: un barrio olvidado en las afueras.
La casa de Elena era un cuarto frío de paredes humedas. Ventana rota. Cristales en el suelo. En el piso, una piedra envuelta en papel con letras recortadas: “Desaparece o el niño paga”.
Alejandro sintió que se le iba el aire. Amenazaban a su hijo. Su furia se encendió. Vio una foto caída cerca de un altar improvisado: un recién nacido en un hospital público, con la fecha del nacimiento de Santi. Pero Santi, según la historia oficial, había nacido en una clínica de lujo.
La mentira, de pronto, tuvo forma.
Afuera, bajo la lluvia, vio una figura corriendo con una maleta vieja. Alejandro salió, subió al coche y la alcanzó en la avenida.
Elena se encogió contra una pared, creyendo que era el final. Cuando escuchó su voz, abrió los ojos con terror.
—Elena, mírame.
Alejandro la levantó por los hombros.
—¿Por qué tienes una foto de mi hijo? ¿Quién amenase a mi niño?
Elena intentó negar, pero cuando Alejandro le mostró la nota, se quebró.
—Ellas… ellas lo matarán si hablo —sollozó—. Es Isabela. Y su madre. Ellas controlan todo.
Alejandro la empujó al coche, cerró los seguros, y por un momento solo existieron dos respiraciones y el golpeteo de la lluvia.
—Dime la verdad. Toda.
Elena tragó como saliva se prepara para saltar al vacío.
