“Seré tu Sirviente por Siempre, Solo Alimenta a Mis Gemelos”, Suplicó el Ranchero a la Joven Viuda.

Había notado que Clara se demoraba y al ver la situación su corazón se llenó de inquietud. Clara miró a William con un suspiro. Le dijo, “Sí, él es mi esposo y estos bebés son mis hijos.” William, al escuchar esas palabras se quedó en silencio. La verdad lo golpeó con fuerza, como un viento frío que lo dejaba sin aliento. Miró a Santiago, quien con una serenidad que solo el tiempo puede otorgar, lo observaba fijamente. William, con una última mirada hacia Clara, comprendió que había llegado demasiado tarde.

Todo lo que alguna vez pensó que podría tener ya se había desvanecido. Y con un suspiro pesado, Williams se dio la vuelta, su rostro marcado por una mezcla de arrepentimiento y resignación. Está bien”, murmuró y comenzó a caminar, alejándose de la casa que una vez consideró suya y dejando atrás las posibilidades que una vez creyó tener. Después de que William se alejara, Clara se quedó quieta por un momento, mirando la puerta cerrada, como si aún no pudiera creer lo que acababa de ocurrir.

El dolor, la angustia y la incertidumbre de los últimos años se desbordaban en su pecho. Pero ahora algo nuevo había llegado, un silencio pesado, como si todas las respuestas a sus preguntas estuvieran en ese espacio vacío. Pero al mirar a Santiago, que estaba en el umbral de la puerta con los gemelos en brazos, una sensación de culpabilidad se apoderó de ella. No podía dejar de pensar en lo que había dicho William, que estaban casados. Había mentido y lo había hecho para que William se fuera, para que no insistiera más.