“Seré tu Sirviente por Siempre, Solo Alimenta a Mis Gemelos”, Suplicó el Ranchero a la Joven Viuda.

La figura de William, de pie frente a ella, parecía vacía, como si estuviera perdida en su propio arrepentimiento. Él la miraba con ojos cansados, marcados por el tiempo, pero Clara no veía en él al hombre que una vez amó, sino a un recuerdo lejano de lo que pudo haber sido. William, con voz baja pero cargada de arrepentimiento, comenzó a hablar. Clara, lo siento mucho. Sé que no hay palabras que puedan borrar lo que hice, pero he cambiado.

Me he dado cuenta de lo terrible que fui contigo. Te abandoné cuando más me necesitabas y no puedo cambiar eso. Pero quiero ofrecerte algo, una nueva oportunidad. Te invito a ir a Santa Fe, a empezar de nuevo, lejos de todo esto, lejos de este dolor allí. podemos rehacer nuestras vidas. Clara lo escuchaba en silencio. Su corazón estaba dividido entre el dolor del pasado y el presente que había construido con Santiago. Algo en ella se rompió, pero no por las palabras de William, sino por lo que representaba un final que ya había pasado hacía mucho tiempo.

Con una tristeza profunda en su mirada, Clara respondió, “Es tarde, William. Muy tarde. Ya no hay nada entre nosotros. Ahora estoy casada con otro hombre y he encontrado la paz en mi nueva vida. Ya no quiero regresar al pasado. William la miró desconcertado, incapaz de comprender lo que le estaba diciendo. ¿Estás estás casada? Preguntó su voz vacía de esperanza. Y justo en ese momento, Santiago apareció en el umbral de la puerta. con los gemelos en sus brazos, mirando a William con una expresión de preocupación.