Entre las causas más frecuentes se encuentra la disminución de la circulación sanguínea, algo habitual con el envejecimiento. Al llegar menos sangre a las extremidades, el aporte de nutrientes y oxígeno hacia la uña se reduce, lo que impacta directamente en su calidad. A esto se suma una menor producción de queratina, la proteína responsable de dar fuerza y consistencia a las uñas, lo que explica por qué se vuelven más débiles y quebradizas.
Otro elemento a considerar es la exposición acumulada a pequeños traumatismos, especialmente en los pies. El uso de calzado inadecuado, la presión repetida o los golpes constantes a lo largo de los años pueden modificar la forma de la uña y favorecer su engrosamiento. También influyen los cambios hormonales y metabólicos, así como la presencia de enfermedades crónicas como la diabetes o los trastornos vasculares, que pueden aumentar el riesgo de infecciones y complicaciones.
En este contexto, las infecciones por hongos, conocidas como onicomicosis, son más frecuentes en personas mayores y pueden confundirse con cambios propios de la edad. Asimismo, ciertas deficiencias nutricionales, problemas dermatológicos o alteraciones circulatorias también pueden manifestarse a través de las uñas, modificando su color, textura o forma.
