Dentro se oyó el sonido pesado de un cerrojo. La puerta se abrió con un chirrido y apareció una silueta enorme en el umbral, un hombre con hombros tan anchos como la misma entrada. Barba tupida, ojos profundos, una camisa de franela arremangada sobre brazos fuertes. La miró como si la nieve le hubiera traído un problema, no una persona.
—¿Qué quieres? —su voz era grave, áspera, como piedras rodando.
Sofía intentó hablar, pero los labios no le obedecieron.
—Frío… tengo frío… —y lo último que sintió fue el suelo cediendo, la oscuridad cayéndole encima como una manta.
Despertó envuelta en lana áspera, frente a una chimenea de piedra donde el fuego crepitaba como una criatura viva. El calor le entró en los huesos con una lentitud deliciosa. La cabaña era sencilla y sólida: madera oscura, mesa pesada, cocina pequeña, una cama grande al fondo. Olía a leña y a café fuerte.
El hombre estaba sentado a cierta distancia, con una taza de metal entre las manos callosas. La observaba con una intensidad que la ponía en alerta, pero en su rostro no había burla; había algo más antiguo, como si la vida lo hubiera cansado de fingir.
—Estás viva —dijo, sin emoción, como quien constata un hecho.
Sofía tragó saliva. Notó sus pies descalzos, cálidos; sus botas y calcetines mojados habían desaparecido. Sintió vergüenza y miedo a la vez.
—Gracias —logró decir—. Me… me salvaste la vida.
—Aún no. Afuera la tormenta empeora. Si hubieras seguido sola… —no terminó la frase. No hacía falta—. ¿Quién eres? ¿Qué haces en mi montaña?
Las palabras “mi montaña” sonaron como un aviso. Sofía se incorporó despacio, abrazándose la manta. Podía elegir mentir, pero tenía la sensación de que aquel hombre olía la mentira como los lobos huelen la sangre.
—Me llamo Sofía —dijo—. Mi padrastro me echó. Mi madre murió… y él… —la voz se le quebró—. Él se quedó con la casa. Falsificó papeles. Hoy llegó una orden… no tengo a dónde ir.
El hombre la escuchó sin interrumpir. El silencio se estiró con el fuego de fondo, y Sofía sintió esa necesidad desesperada de justificarse, como si todavía estuviera frente a un juez.
Él se levantó, imponente, y le dejó una taza de café humeante en la mesa de centro.
—Bebe. Te estás congelando desde adentro.
Sofía tomó la taza con manos temblorosas. El café era amargo, fuerte, como un golpe que despierta.
—¿Y tú? —se atrevió—. ¿Quién eres?
—Julián —respondió, como si ese nombre fuera una puerta que se abre y se cierra rápido—. Julián Mendoza.
Otra pausa.
—No tienes que tener miedo —dijo al fin, mirándola directo—. No voy a lastimarte. Pero tampoco puedo… —buscó las palabras—. No puedo sostener a alguien aquí como si el mundo funcionara con caridad.
Sofía sintió que el corazón se le caía. No tenía dinero. No tenía nada.
—Puedo trabajar —se apresuró—. Cocinar, limpiar, cortar leña… lo que sea.
Julián soltó una risa corta, sin humor.
