La nieve caía como si el cielo quisiera borrar el mundo. Sofía avanzaba a trompicones, con los labios partidos y las manos entumecidas dentro de unos guantes demasiado finos. La última puerta que había conocido como “hogar” se había cerrado tras ella con un golpe seco, y en ese sonido todavía vibraba la voz de Armando Salazar, su padrastro, fría y satisfecha: “Esta casa es mía. Tu madre se fue. Tú no eres nada para mí. Desaparece”.
No llevaba más que la ropa puesta, un abrigo delgado que no servía contra el viento de la sierra y unas botas empapadas que le tragaban el calor a cada paso. En su cabeza, la escena se repetía como un castigo: el papel de desalojo, la firma falsa, el brillo de codicia en los ojos de Armando. Él había seducido a su madre, había aprendido cada rincón de su vida, y cuando ella murió, se quedó con todo: la casa, el dinero, las amistades que de pronto “no querían problemas”, incluso el derecho de Sofía a llorar en paz.
El camino hacia Valle Escondido era una promesa imposible, una línea imaginaria bajo la tormenta. No veía a dos metros. La noche ya había caído, y el cielo era una sábana gris que escupía hielo. Sofía sintió una punzada de pánico primitivo: no el miedo elegante de las películas, sino el que te sube desde el estómago y te dice, sin palabras, que podrías morir allí y el mundo seguiría girando como si nada.
Tropezó con una raíz escondida y cayó de rodillas. El golpe le robó el aliento. Por un segundo, la nieve pareció suave, casi amable, una cama blanca invitándola a cerrar los ojos. Las pestañas se le congelaron con lágrimas que no recordaba haber derramado. “Morir”, pensó, y esa palabra fue un susurro helado.
Pero entonces, como si se lo hubiera prometido a su madre en algún rincón de la memoria, apretó la mandíbula. “No le daré ese gusto”, murmuró al viento, y se obligó a ponerse de pie agarrándose de un pino. Fue ahí cuando lo vio: una hebra de humo, finísima, subiendo entre los árboles; y debajo, un parpadeo amarillo, una luz temblorosa. Una cabaña.
La esperanza le quemó el pecho como un fuego imposible. Se arrastró hacia la luz usando los troncos como apoyo, con las piernas a punto de ceder. Cuando llegó, golpeó la puerta con los nudillos entumecidos. Una vez. Dos. Tres. Nada. El pánico regresó, apretándole la garganta.
—Por favor… —susurró con la voz rota—. Ayuda.
