Su vestido premamá azul claro no disimulaba el temblor de sus manos. Estaba allí para solicitar medidas de protección contra su esposo, Javier Salvatierra, un empresario tecnológico influyente. El ambiente se volvía más denso a cada paso que ella daba.
Un coche negro se detuvo frente al juzgado. Javier bajó con arrogancia, acompañado de su amante, Lucía Delacroix, vestida de blanco impecable. Parecían una pareja glamorosa, completamente ajenos al sufrimiento que habían provocado en Elena.
Dentro de la sala, el juez Santiago Herrera presidió la vista con gesto serio. Al ver a Elena, sintió una punzada de familiaridad inexplicable. La abogada presentó pruebas de control económico, aislamiento social y amenazas veladas mientras Elena hablaba con voz temblorosa.
La defensa de Javier intentó desacreditarla, alegando inestabilidad emocional por el embarazo. Lucía rodaba los ojos y susurraba comentarios despectivos que incomodaban incluso al abogado de Javier. La tensión aumentaba con cada intervención de la defensa.
Todo estalló cuando se mencionó la infidelidad sostenida. Lucía se levantó furiosa y gritó que era mentira. El juez exigió silencio, pero ella, cegada por la rabia, se lanzó hacia Elena y le propinó una brutal patada en el abdomen.
Elena cayó al suelo entre gritos desgarradores, mientras un líquido oscuro manchaba el mármol. Funcionarios corrieron para detener a Lucía. El juez ordenó una ambulancia. El caos reinaba mientras Elena era trasladada, doblada de dolor.
En medio del pánico, el juez Herrera observó su collar y sintió que lo había visto antes. Algo se agitó en su memoria. Mientras Elena luchaba por su bebé, recibiría un mensaje anónimo que cambiaría su vida: “Si eres Elena Márquez… creo que soy tu padre.”
