Elena despertó en el Hospital La Paz, rodeada de máquinas y un monitor fetal irregular. La angustia la mantenía despierta. Su móvil estaba lleno de mensajes manipulados por Javier. No quiso seguir leyendo y se hundió en un silencio agotado.
Horas después, entró el juez Herrera, con dudas y esperanza en la mirada. Le dijo que no venía como juez, sino como un hombre que creía que quizás ella era su hija. Le mostró una fotografía de juventud que lo unía con su madre.
Elena quedó paralizada. Su madre jamás habló del pasado. En la foto, la mujer llevaba el mismo collar que Elena había usado desde niña. Antes de reaccionar, entró María Cifuentes, abogada especializada en violencia de género, con información alarmante.
María reveló que Javier tenía antecedentes encubiertos. Su expareja murió en una “caída accidental” con informes alterados, y Lucía estuvo presente días antes. Elena sintió un escalofrío recorrerle la espalda mientras escuchaba la explicación.
Llegó Miguel Robles, detective retirado que había sido apartado del caso anterior. Traía testimonios de vecinos y del portero que confirmaban episodios violentos. Todo encajaba en un patrón oscuro que había sido silenciado durante años.
También apareció Laura Benet, enfermera con experiencia en casos similares vinculados a Javier. Aportó pruebas médicas omitidas deliberadamente. Ante tanta información, Elena sintió que su mundo se derrumbaba y se agrandaba a la vez.
