El juez Herrera dejó una prueba de ADN sobre la mesa. No quería presionarla, pero le ofrecía la posibilidad de conocer la verdad. Elena, temblando, aceptó realizarse la prueba pese al miedo y la confusión que la envolvían.
Tres días después, el resultado llegó: positivo. Santiago Herrera era realmente su padre. Unidos por fin, ambos estaban dispuestos a enfrentar al hombre que había intentado destruir la vida de Elena y de tantas otras mujeres indefensas.
Tres semanas después, el caso estalló en los medios. La defensa mediática de Javier se derrumbó cuando Elena apareció en una breve entrevista diciendo con firmeza que solo quería que su hija naciera a salvo. El país entero escuchó su dolor.
Con apoyo de María, Miguel y el juez Herrera —ahora solo como padre— se planeó un operativo para desenmascarar a Javier. La ocasión sería una gala benéfica en Barcelona, donde él asistiría como invitado de honor para limpiar su imagen pública.
Elena llegó en silla de ruedas, bajo estricta protección policial. Aunque temblaba, ya no era la mujer aterrorizada del juzgado. Estaba decidida a proteger a su hija y a contar una verdad que muchos habían intentado enterrar por años.
Cuando Javier subió al escenario para hablar sobre “protección a la mujer embarazada”, las pantallas cambiaron de repente. Se proyectó el vídeo completo de la patada de Lucía en el juzgado. El salón quedó helado ante la crudeza de la escena.
Después aparecieron informes médicos ocultos, transferencias sospechosas, testimonios y la muerte de su expareja. El rompecabezas oscuro se reveló al público de forma innegable. Lucía intentó huir, pero fue detenida inmediatamente por los agentes.
