Quédate, termina la reunión con nosotros. Quiero ver si puedes seguir el ritmo. Marisol sintió un vacío en el estómago, pero no dio un paso atrás. Ese era el mundo al que siempre le habían dicho que no pertenecía. Y sin embargo, ahí estaba con todos los ojos clavados en ella, esperando el siguiente movimiento.
Si esta historia ya te conmovió hasta aquí, cuéntanos en los comentarios desde qué ciudad nos estás viendo y deja tu me gusta para seguir acompañándonos. La puerta de cristal se cerró detrás de los últimos empleados que salían apresurados, dejando la sala de juntas convertida en un escenario extraño, una empleada de limpieza con un cubo aún lleno de agua jabonosa, rodeada por ejecutivos que no sabían dónde mirar.
La tensión se distribuía en el aire como una neblina espesa. Don Esteban retomó su asiento cruzando las manos sobre la mesa. Muy bien, dijo con una sonrisa que no tocaba sus ojos. Si quieres quedarte, quédate, pero no esperes que nadie te trate como igual. Aquí se trabaja rápido, se piensa rápido.
Marisol respiró hondo. Sabía que la estaban invitando a fracasar. Sabía que la querían ver tropezar, tartamudear, quedarse atrás. Y sin embargo, algo dentro de ella, algo viejo, algo que había nacido el día que su padre la dejó en Puebla diciendo que volvería y nunca volvió, le decía que no se moviera.
“¿Puedo seguir el ritmo?”, respondió ella. Pilar abrió su tableta y proyectó una diapositiva con números y gráficos. “Seguimos con la propuesta de expansión en Monterrey”, informó. Hay un punto crítico. Las negociaciones con la empresa china quedaron atoradas por falta de intérprete.
El comentario no era casual, era un golpe disfrazado de dato. Pero Marisol no retrocedió. Clavó la vista en la pantalla y sin querer intervenir murmuró en voz baja una frase en mandarín suave y limpio. El joven de corbata roja se quedó boquí abierto. ¿Qué dijo?, preguntó Pilar. Marisol apenas levantó el rostro.
Solo dije que su propuesta tiene un problema en la parte de logística. La compañía en Shangai lo había mencionado. Un silencio incómodo se extiende por la mesa. Don Esteban entrecerró los ojos estudiándola como a un enigma que no le gustaba resolver. ¿Y tú cómo demonios sabes eso? Preguntó irritado.
