Había pasado exactamente un año desde el día en que su exesposa subió a un avión con su hijo sin su consentimiento, dejando atrás únicamente una carta de abogados y un dormitorio vacío. Doce meses de llamadas sin respuesta, audiencias pospuestas y consuelos huecos de abogados que prometían avances mientras cobraban sin piedad.
Jonathan había intentado ser paciente, confiar en el sistema, pero cada noche terminaba igual: él mirando su teléfono, esperando una videollamada que nunca llegaba. La junta con inversionistas europeos había empezado treinta minutos antes, pero por primera vez en su vida, la ambición le pareció inútil.
Una vocecita cortó la lluvia y sus pensamientos en espiral.
—Señor, ¿está llorando porque también tiene hambre?
