Jonathan bajó la mirada, sobresaltado, y se encontró clavado en un par de ojos cafés enormes, enmarcados en un rostro manchado de tierra pero innegablemente dulce. La niña no podía tener más de seis o siete años. Llevaba el cabello amarrado en dos colitas disparejas y un suéter varias tallas más grande; las mangas le cubrían casi por completo las manos. En una de esas manos sostenía un pedazo de pan, envuelto con cuidado en una servilleta, ya partido a la mitad.
—Debe comer —dijo con seriedad, ofreciéndoselo—. Cuando te duele el estómago por estar vacío, todo se pone peor.
La vergüenza golpeó a Jonathan más fuerte que el duelo. Ahí estaba él, ahogándose en tristeza pese a la riqueza y el privilegio, mientras una niña que no tenía nada le ofrecía comida. Se agachó un poco para quedar a su altura y se limpió la cara.
—No estoy llorando porque tenga hambre —dijo en voz baja—. Estoy llorando porque extraño mucho a mi hijo. No lo he visto en mucho tiempo.
La niña asintió despacio, como si esa explicación tuviera todo el sentido del mundo.
