—Yo también extraño a mi mamá —respondió—. Ya pasó un año. Unas personas le dieron dulces y luego empezó a comportarse raro. Unos hombres con batas blancas se la llevaron y nunca volvió.
Algo en sus palabras le heló la sangre a Jonathan. Dos pérdidas, atadas al mismo tramo de tiempo, cruzándose bajo la lluvia. La niña se presentó como Grace y habló con una calma inquietante de cómo se había escapado de un refugio donde la trataban mal, eligiendo la calle porque al menos ahí podía ver el cielo y evitar a la gente a la que temía.
Entonces Jonathan supo que no podía dejarla atrás. Contra todo instinto moldeado por juntas directivas y por la imagen pública, le tomó la mano y la llevó a la sede de BlueCore. Los guardias de seguridad dudaron, los empleados se quedaron mirando, y los susurros lo siguieron por el vestíbulo, pero él los ignoró todos, sin saber que esa sola decisión iba a desenterrar una verdad cuidadosamente enterrada por la única persona en la que había confiado sin cuestionarla.
En su oficina, su asistente Laura ayudó a Grace a ponerse ropa seca y le dio una taza de chocolate caliente. Los ojos de la niña se abrieron de par en par al ver los ventanales de piso a techo y el paisaje luminoso de la ciudad. Ese momento de calma terminó de golpe cuando se abrió la puerta y entró la madre de Jonathan, Diane Miller. Como presidenta del consejo y una presencia imponente tanto en los negocios como en la familia, imponía silencio a dondequiera que iba.
