“¿Tú también lloras de hambre?” le preguntó la niña mendiga al millonario. Pero era de dolor por su hijo…

Años atrás, antes de su ascenso a la fama, Jonathan había tenido una relación breve con Paula, una mujer callada que trabajaba de noche y nunca pidió más que honestidad. Contrató a un investigador privado llamado Martin Shaw y, en menos de un día, salió la verdad. Paula nunca había renunciado. Había sido internada a la fuerza en una clínica privada financiada por Diane. Una prueba de ADN discreta confirmó la última pieza: Grace era su hija.

La rabia se le metió a Jonathan en los huesos. Cuando el jefe de seguridad de Diane llegó para llevarse a la niña, Grace gritó y se escondió detrás de Jonathan, identificando al hombre como uno de los que se había llevado a su madre.

Esa noche Jonathan actuó. Con la ayuda de Martin, condujeron hasta la clínica aislada donde tenían a Paula. Adentro, tras puertas cerradas y un silencio químico, la encontraron. Grace corrió hacia ella, llamándola por su nombre, y los ojos de Paula se aclararon lo suficiente como para reconocer a su hija… y al hombre que estaba ahí, paralizado, a su lado.

Escaparon antes del amanecer.