Semanas después, Diane se sentó frente a Jonathan en un centro de detención, despojada de poder y de pretextos. Alegó que todo era por la empresa, por la reputación, por el legado.
—Mi legado —respondió Jonathan en voz baja— no es el dinero. Son mis hijos. Y casi destruyes a los dos.
La primavera llegó con nuevos comienzos. En una casita fuera de la ciudad, Paula se recuperó, Grace volvió a reír libremente, y Jonathan recibió la noticia de que pronto su hijo lo visitaría. Al ver a su familia bajo la luz del sol, Jonathan por fin entendió que la mayor riqueza que alguna vez tendría no tenía nada que ver con números en una pantalla.
Y todo había empezado con un pedazo de pan ofrecido bajo la lluvia.
