Pero Villa eligió otro camino, uno que dolería más y duraría más. “Quítenle el uniforme”, ordenó. Los dorados obedecieron. Le arrancaron la chaqueta con las insignias, el pantalón de oficial, las botas brillantes. Lo dejaron con ropa simple de campesino, la misma que Villa había usado aquella noche en la cantina. Le quitaron toda marca de autoridad, todo símbolo de poder.
“Emilio Valdés”, declaró Villa con voz solemne. “Quedas despojado de tu rango, de tu uniforme, de tu derecho a mandar sobre nadie. No te mato porque la muerte sería demasiado rápida. Vivirás, pero vivirás sabiendo que todos conocen tu cobardía, que todos saben lo que hiciste, que nunca más podrás caminar con la cabeza en alto.
Estás prohibido de usar uniforme o tener mando en toda esta región. Y si alguna vez vuelves a lastimar a alguien, no habrá cuartel, no habrá juicio, no habrá piedad. Algunos de los antiguos soldados, avergonzados de haber seguido a semejante hombre, se arrodillaron ante el pueblo pidiendo perdón. Villa los miró largo rato. “Ustedes también tienen una elección”, dijo. Pueden seguir siendo títeres de tiranos o pueden ser hombres de bien.
Júrenme que no levantarán armas contra campesinos, que no obedecerán órdenes injustas, que servirán al pueblo y no a los poderosos. Los soldados juraron con voz temblorosa, pero sincera. Villa los aceptó en su palabra. sabiendo que algunos cumplirían y otros no, pero dándoles la oportunidad que nadie les había dado antes.
El pueblo, con sus títulos recuperados, su dignidad restaurada y su fe renovada en la justicia, miró a Villa con ojos llenos de gratitud. Él montó su caballo despacio sin prisa, sin buscar aplausos ni reconocimientos. No peleo por gloria, dijo a la multitud. Peleo porque Dios aprieta, pero no ahorca.
