“Mi terrenito”, murmuró el anciano mirando el fondo de su vaso vacío, como si ahí pudiera encontrar las respuestas que el cielo le negaba. “Lo trabajé 40 años, señor, 40 años sembrando maíz en tierra dura. viendo crecer a mis hijos bajo ese mismo sol que ahora me quema sin piedad. Y vino ese. Su voz se quebró, incapaz de pronunciar el nombre del teniente.
Vino con un papel firmado por no sé quién, diciendo que yo debía dinero. Dinero que nunca pedí, que nunca vi. Me quitó mi tierra, señor, mi tierra. Villa no respondió, solo asintió despacio y el gesto bastó para que el viejo siguiera hablando, descargando una pena que llevaba guardada como piedra en el pecho.
Otros se fueron acercando con esa confianza instintiva que los pobres reconocen entre ellos. Una mujer con reboso oscuro cubriendo su cabello gris contó con voz apenas audible cómo su hija había sido llevada para servir en la guarnición. Dijeron que era para protegerla, señor”, susurró, y sus ojos secos delataban que ya no le quedaban lágrimas.
que en estos tiempos de revolucionarios las muchachas necesitaban estar bajo cuidado del gobierno. Pero yo sé, Dios me perdone, pero yo sé lo que significa servir en ese cuartel. Un joven apache de rasgos afilados y cicatriz en la mejilla habló del hermano desaparecido después de negarse a entregar los caballos de la familia. De los cinco caballos que tenían, tres eran de carga.
Uno viejo y solo uno servía para cabalgar rápido, pero Valdés los quiso todos y cuando el hermano se negó desapareció una noche. Nunca volvieron a verlo. Ni modo dijo el Apache con amargura seca. Así son las cosas ahora. El que tiene el uniforme tiene la razón. El que tiene la pistola tiene la ley.
Villa escuchaba todo, grabando cada nombre, cada injusticia, cada lágrima no derramada. No era solo un oficial duro el que mandaba en esa región. Era un tirano pequeño, cómodo en la sombra de la farda, convencido de que el miedo era su corona y la impunidad su reino eterno. En el pecho de Villa, algo antiguo y conocido comenzó a despertar.
La sed de justicia que no pregunta, que no negocia, que solo actúa cuando llegó el momento. El teniente Valdés se acercó a la mesa donde estaba sentado el grupo de campesinos. Traía ya varias copas encima y el alcohol le había afilado la crueldad que siempre llevaba dentro. Golpeó la mesa con la palma abierta, haciendo saltar los vasos.
Todos de pie”, ordenó con voz pastosa. “Vamos a brindar por el gobierno, por la ley, por el orden.” Arriba dije. Los campesinos se levantaron torpemente, asustados. La mujer del rebozo oscuro derramó su vaso al incorporarse temblando. El viejo de las manos temblorosas se apoyó en la mesa, las rodillas débiles.
El apache apretó los puños, pero bajó la mirada. Villa desde su rincón siguió sentado, no por desafío abierto, sino porque medir al hombre requería llevarlo hasta el límite. Valdés notó al campesino del rincón que no se movía. La borrachera y el orgullo herido se juntaron en su pecho como pólvora y chispa.
Se acercó con pasos pesados, la mano ya cerca de la pistola. Estás sordo, desgraciado, gruñó. Te dije que te pares. Villa levantó la mirada despacio. Sus ojos, ocultos bajo el ala del sombrero encontraron los del teniente. Por un segundo, Valdés sintió algo extraño, un escalofrío que no supo identificar, pero el orgullo y el alcohol ahogaron cualquier instinto de cautela.
