¿O es que necesitas que te enseñe modales? Sin esperar respuesta, sin razón que lo justificara más allá del placer cruel de humillar, Valdés descargó un puñetazo contra el rostro del hombre sentado. El golpe fue seco, brutal, certero. Villa sintió el estallido en el pómulo, el sabor metálico de la sangre en la boca, el crujido en algún lugar profundo del hueso. Su cuerpo se tambaleó hacia un lado golpeando contra la pared.
El sombrero cayó al suelo de tierra. El silencio que siguió fue absoluto. No un silencio de sorpresa, sino de miedo puro. Nadie se movió, nadie respiró. Los campesinos miraban al suelo, aterrorizados de ser los siguientes. Valdés sonrió satisfecho y se limpió los nudillos en el pantalón del uniforme. “Así se aprende”, dijo con desprecio.
“De rodillas, perro. Villa escupió sangre al suelo. Despacio, muy despacio, se incorporó. No miró a Valdés a los ojos. Mantuvo la cabeza baja, las manos a los lados, fingiendo la sumisión que el teniente esperaba. Pero por dentro, detrás de ese rostro ensangrentado, se estaba sellando un pacto, no con el sino con la justicia, no con la venganza, sino con el deber sagrado de devolver la dignidad a un pueblo pisoteado.
Se limpió la sangre del labio con el dorso de la mano, recogió su sombrero del suelo y salió de la cantina cojeando levemente, como si hubiera aprendido la lección. Afuera, la noche era negra como boca de lobo. El aire frío del desierto le golpeó el rostro hinchado. Y el dolor le recordó por qué estaba ahí, por qué había venido disfrazado, por qué se había sentado a escuchar en vez de llegar con los dorados a quemar todo.
Junto a los caballos atados en la sombra, Rodolfo Fierro esperaba. Al ver el rostro marcado de Villa, su mano voló a la pistola. “Mi general”, susurró con voz tensa como cuerda de guitarra a punto de romperse. “Tranquilo, compadre”, respondió Villa, la voz firme a pesar del labio partido. Esto apenas empieza. Fierro quería regresar.
Sus ojos brillaban con esa furia controlada que todos conocían, esa que precedía a las acciones rápidas y definitivas. Otros dos dorados salieron de entre las sombras, igualmente tensos, las manos cerca de las armas. Querían entrar a la cantina, sacar a Valdés arrastras y hacer justicia inmediata. Pero Villa levantó la mano y el gesto bastó.
Si entramos ahí ahora”, dijo con voz pausada, limpiándose otra vez la sangre del mentón, “matamos al teniente y a la mitad de los presentes, y mañana contarán que unos bandidos atacaron una cantina llena de gente inocente.” “No, compadre, ¿esto se hace bien o no se hace?” Fierro apretó la mandíbula, pero asintió. Conocía a su general.
Sabía que cuando Villa hablaba así, con esa calma fría, era porque ya había decidido algo grande, algo que dolería más que 100 balazos. Ese desgraciado pagará, continuó Villa montando su caballo con movimiento seguro a pesar del golpe. Pero no solo con sangre. Le vamos a quitar lo que más le importa. El miedo que le tienen, el poder que cree suyo, la impunidad con la que roba y humilla.
Y cuando caiga, que caiga frente al mismo pueblo que pisoteó. Cabalgaron en silencio hacia el campamento escondido en las faldas de la sierra. Ahí, bajo estrellas que parecían clavos de luz en el cielo negro, Villa reunió a sus hombres de confianza. Tomás Urbina llegó con su andar pesado de hombre que ha visto demasiadas batallas.
