Cruzó el pasillo y abrió la puerta del cuarto de Matías.
El niño estaba sentado en el suelo, contra la pared, con las rodillas dobladas.
—¿Por qué estás en el piso?
—No quería acostarme —dijo Matías sin levantar la mirada—. La cama es muy grande.
Alejandro se sentó en la orilla.
—Tengo que hablar contigo.
Matías asintió, como si ya supiera.
—Los Mendoza quieren adoptarte.
El niño no reaccionó. No lloró. No preguntó. Solo apretó las rodillas.
—Ellos tienen todo lo que necesitas —dijo Alejandro—. Son buenos. Te van a cuidar.
—Entiendo.
Esa aceptación lo destruyó.
—¿Eso es todo lo que vas a decir?
Matías levantó los ojos por primera vez.
—¿Yo tengo elección?
Alejandro sintió que la sangre le hervía. No por el niño, sino por todo lo que había detrás.
—No hablas, no pides, no reaccionas… solo aceptas todo, como si fuera normal que alguien desaparezca de tu vida.
Matías bajó la voz:
—Es que ya pasó antes.
Alejandro caminó hasta la ventana y se pasó las manos por el rostro. Estaba parado al borde de un abismo emocional.
—¿Por qué quieres quedarte aquí, Matías?
—Porque aquí es donde ella está.
Alejandro giró lentamente.
—¿Ella quién?
—Camila. Mamá.
La palabra tronó en el cuarto.
Alejandro se acercó con pasos lentos.
—No la llames así.
Matías apretó la foto.
—Pero ella era mi mamá.
—No —dijo Alejandro con una dureza que no era odio, era miedo—. Ella era mi esposa. Y tú… tú no eres nada mío.
Silencio.
Matías no lloró. No gritó. Se puso de pie despacio, como si cada movimiento doliera.
—Está bien.
Salió del cuarto.
Y Alejandro se quedó ahí con el pecho colapsando, horrorizado no por lo que oyó… sino por lo que dijo. Porque lo dijo sabiendo que no podría desdecirse.
Minutos después fue a buscarlo. Quería arreglarlo, pedir perdón, explicar que el miedo lo había hablado por la boca. Pero la casa estaba vacía.
Abrió la puerta principal y el corazón se le paró.
En la banqueta, en plena madrugada, Matías caminaba con una mochila en la espalda, como un adulto pequeño que ya aprendió a irse antes de que lo echen.
—¡Matías! —gritó Alejandro.
El niño se detuvo y volteó.
—¿A dónde crees que vas?
Matías lo miró sin lágrimas, pero con un dolor antiguo.
—Si me voy ahora… va a doler menos cuando tú decidas mandarme lejos de verdad.
Alejandro sintió que el mundo se hundía. Corrió hasta él, se arrodilló en el pavimento helado y le sostuvo los hombros.
—Mírame.
Matías desvió el rostro.
—Mírame.
El niño cedió. Sus ojos estaban llenos de lágrimas contenidas.
—Yo no te voy a dejar —dijo Alejandro, y su voz se quebró.
—Ya me dejaste —susurró Matías—. Cuando dijiste que no soy tu hijo.
Alejandro tragó aire como si le rasgara los pulmones.
—Me equivoqué. Tengo miedo. No sé ser papá. No sé cómo se hace… —las palabras salieron sin defensa—. Pero una cosa sí sé, Matías.
—¿Qué?
