—Puedes entrar —dijo Alejandro.
Matías avanzó despacio, cuidando no ensuciar, no hacer ruido, no existir demasiado.
Alejandro le mostró el cuarto de huéspedes: grande, impecable, frío como un hotel.
—Aquí será tu cuarto. Si necesitas algo…
No supo cómo terminar. ¿“Me dices”? ¿“Me pides”? ¿“Tomas”?
Matías solo asintió, sentado en la orilla de la cama, abrazando la foto como si la cama fuera demasiado grande para alguien tan acostumbrado a la nada.
Esa noche Alejandro no durmió.
Se encerró en su despacho con un vaso de whisky intacto y una carpeta de documentos que la Hermana Clara le entregó: papeles de solicitud, formularios, notas.
Y, dentro, cartas escritas a mano por Camila.
Alejandro, intenté contarte tantas veces, pero estabas siempre lejos… incluso estando aquí.
Necesitaba hacer algo por alguien… algo que me hiciera sentir viva otra vez.
Alejandro leyó en silencio, pero las palabras no se callaban. Dolían. Y sobre todo… lo culpaban con una suavidad insoportable.
A la mañana siguiente encontró a Matías sentado a la mesa de la cocina, mirando el plato sin tocarlo.
—¿No te gusta? —preguntó Alejandro.
—Sí —respondió Matías bajito—. Solo… no sé si puedo comer.
Eso le pegó a Alejandro como un golpe.
Se sentó frente a él.
—Puedes comer. Estás aquí ahora.
Matías asintió, pero el gesto no era alivio. Era obediencia.
A Alejandro le dolió esa obediencia.
Por la tarde fueron a comprar ropa. Matías eligió lo que Alejandro le indicaba, sin opinión, sin emoción. En la fila, Alejandro vio una familia riéndose: padre, madre, niños corriendo entre percheros. Volvió la mirada a Matías: quieto, manos atrás, ojos en el suelo. Como si no creyera que aquello fuera para él.
En el camino de vuelta sonó el teléfono.
—Señor Ferrer —dijo el abogado—. Hay una familia interesada en Matías. Los Mendoza. Buena posición, estabilidad, recursos. Pueden adoptarlo de inmediato si usted autoriza.
Alejandro apretó el volante.
—Le llamo después.
Colgó sin despedirse.
El resto del trayecto fue silencio puro. Al llegar, Matías no preguntó nada… pero su mirada cambió. Menos entrega. Más miedo.
Esa noche, Alejandro se miró en el espejo del baño y la pregunta lo mordió:
¿Y si no soy capaz?
¿Y si él estaría mejor lejos de mí?
Horas después, al salir del despacho, encontró a Matías sentado en el suelo del pasillo, como si el piso fuera el único lugar que le pertenecía.
—¿Qué haces ahí? —preguntó Alejandro.
-Nada.
—Es tarde. Ve a dormir.
Matías se puso de pie, pero no se movió. Lo miró por unos segundos, con una valentía triste.
—¿Por qué me trajiste aquí… si me vas a mandar lejos?
La pregunta cayó como una navaja.
—No es eso.
—¿Sí es! —Matías tragó saliva—. Ellos van a venir por mí, ¿no? Tienen dinero… una casa bonita…
Alejandro apretó la mandíbula.
Matías bajó la voz, casi un susurro:
—Yo solo quería quedarme aquí.
Alejandro no encontró palabras. Y lo peor era eso: no saber qué decir.
Al día siguiente Alejandro fingió trabajar. En realidad, no hizo nada excepto mirar la carpeta con los papeles sobre el escritorio.
Los Mendoza eran “la solución perfecta”. Entonces… ¿por qué él se sentía tan miserable?
