A los 28 años, había cumplido esa promesa a mi manera silenciosa. No tenía lujos, pero tenía algo mejor: propósito. Trabajaba como enfermera auxiliar y, en mis días libres, era voluntaria en el Hospital La Paz. Leía cuentos a niños que no tenían visitas y sostenía la mano de ancianos que morían solos. Vivía en un estudio minúsculo en Vallecas, apenas lo suficientemente grande para una cama y una mesa, pero estaba impecable. Planchaba mi único vestido bueno los domingos por la noche y preparaba comidas los lunes para estirar mi presupuesto. Nunca pedí ayuda. Quizás era orgullo, o quizás era que cuando pasas tu infancia siendo objeto de lástima, aprendes a mantenerte de pie aunque te tiemblen las piernas.
El 17 de marzo lo cambió todo. Salía de mi turno en el hospital cuando escuché el chirrido de neumáticos, el crujido del metal y ese horrible silencio que sigue al impacto. Un Porsche negro había perdido el control y se había estrellado contra una farola. La gente se detuvo. La gente miró. La gente sacó sus móviles para grabar. Nadie se movió.
Yo no pensé. Corrí.
El conductor estaba desplomado sobre el volante, con sangre manando de un corte en la frente. Abrí la puerta de un tirón.
—Señor, ¿me oye? No mueva el cuello. Quédese quieto.
