Mi historia comienza mucho antes, cuando tenía diez años. Me llamo Serafina Álvarez y aprendí muy pronto que el mundo no se detiene por tu dolor. Un accidente de tráfico en una carretera secundaria de Galicia se llevó a mis padres en una sola noche lluviosa. Por la mañana, estaba sola. No había tíos, ni abuelos, ni amigos de la familia que abrieran sus puertas. Solo una trabajadora social con ojeras y una carpeta llena de formularios que me dijo que empacara lo que cupiera en una mochila.
¿Qué te llevas cuando tu vida entera tiene que caber en una mochila del colegio? Elegí el pañuelo de seda de mi madre, que aún olía a su perfume de rosas, y el viejo reloj de mi padre. Todo lo demás se quedó atrás.
Los años siguientes fueron un borrón de centros de acogida y familias temporales. Algunos hogares eran fríos, otros eran crueles, pero la mayoría eran simplemente indiferentes. Aprendí a hacerme pequeña, a no ocupar espacio, a comer rápido antes de que alguien decidiera que ya había tenido suficiente. Los otros niños olían la debilidad como los tiburones huelen la sangre. Me llamaban “La Recogida” o “La Huerfanita”.
Pero en esos años descubrí algo que el dinero de los Quintana nunca podría comprar. Aprendí a sobrevivir. Aprendí que las lágrimas no cambiaban nada, que quejarse solo empeoraba las cosas y que la única persona con la que podía contar era conmigo misma. Cada noche, tocaba el pañuelo de mi madre y susurraba la misma promesa: “Saldré de esta. Seré alguien. No me rendiré”.
