La boda fue pequeña para los estándares de los Quintana. Viviana Quintana asistió vestida de negro riguroso, como si fuera a un funeral. Cuando intenté presentarme, me miró de arriba abajo como si fuera una mancha en su alfombra persa.
—Así que tú eres la chica que mi hijo rescató de la pobreza —dijo, con una voz que goteaba veneno—. Qué caritativo por su parte.
Leandro intentó intervenir, pero ella le cortó con un gesto.
—No te engañes, querida. No tienes familia, no tienes educación, no tienes apellido. Podría haber tenido a cualquiera. En su lugar, eligió un caso de beneficencia.
Ese día aprendí que la mansión de los Quintana no era un hogar. Era un museo de riqueza donde yo era la exhibición no deseada. Suelos de mármol frío, lámparas de araña de cristal, servicio doméstico con uniforme. Viviana me recibió en el vestíbulo con los brazos cruzados.
—Bienvenida a tu nueva prisión, querida —susurró—. Espero que intentes no romper nada. Todo aquí vale más que tú.
La crueldad se convirtió en rutina. Viviana criticaba todo: mi forma de hablar, mi ropa (“¿Ese trapo es de Zara?”), mi pasado. En las galas benéficas, me presentaba como “el pequeño proyecto de Leandro”.
