A los 20 años mis padres me vendieron en matrimonio, pero en la noche de bodas descubrí su secreto

Ese año, sin embargo, llegó la desgracia. Una larga sequía cayó sobre la región, quemó las milpas, secó los pozos y mató al ganado. Don Esteban perdió el trabajo en el campo y, poco a poco, la alacena se fue quedando vacía. Durante días, Lucía y su familia sobrevivieron sólo con tortillas duras remojadas y atole ralo. Sus dos hermanos pequeños lloraban de hambre por las noches. Su madre lloraba en silencio al amanecer, sentada junto al fogón apagado.

Una tarde, Lucía escuchó voces bajas en la sala. Se acercó, sin hacer ruido, y distinguió un nombre: don Alejandro Robles. Todos en Arroyo Claro sabían quién era: el hombre callado que vivía solo en una hacienda grande a las afueras del pueblo. Tenía unos 45 años, era rico, respetado, pero extrañamente solitario. Nadie lo había visto jamás cortejar a una mujer.

Cuando el visitante se marchó, su padre la llamó con voz seca:

—Lucía —dijo, sin mirarla a los ojos—, don Alejandro ha pedido tu mano.

Lucía se quedó helada.