—Pero… yo no lo conozco —susurró.
—Es un buen hombre —insistió don Esteban—. Puede darte una vida segura… puede ayudarnos a todos.
Los ojos rojos e hinchados de su madre le dijeron la verdad: eso no era un matrimonio, era un trato.
La voz de Lucía tembló.
—¿Cuánto… ofreció?
Su padre tragó saliva.
—El equivalente a dos mil dólares —dijo en voz baja—. Una cantidad que no veremos nunca más.
A Lucía se le quebró el aliento. Era suficiente para sacar a la familia del hambre.
—Papá… —susurró, con el corazón partiéndose—, ¿me estás vendiendo?
El silencio de don Esteban fue la respuesta.
