—Eres libre, Lucía —susurró—. No te tocaré si tú no lo deseas. Puedes tener tu propia habitación, si quieres. Sólo te pido… compañía. Alguien con quien hablar en la cena. Alguien con quien compartir esta casa. Ya no soporto el silencio.
Por primera vez desde la boda, Lucía lo miró a los ojos… y vio a un hombre que había vivido años aislado, no porque fuera cruel, sino porque tenía miedo de ser visto tal y como era.
Aquella noche no compartieron cama. Alejandro durmió en el cuarto de visitas. Lucía se quedó despierta, mirando el techo, comprendiendo algo muy extraño: el mundo no le había dado libertad, pero Alejandro, al menos, le había dado una elección.
En los días que siguieron, la casa siguió siendo silenciosa, pero el ambiente se volvió más suave, menos tenso. Lucía comenzó a recorrer la hacienda, paso a paso, como si explorara otro planeta. Una tarde descubrió una habitación que nunca antes había visto: la biblioteca. Estantes y estantes llenos de libros, hasta el techo.
Cuando Alejandro la encontró sentada con un libro entre las manos, simplemente dijo:
—Puedes leer lo que quieras. Nada en esta casa está prohibido para ti.
Era la primera vez en su vida que alguien le decía algo así.
