Alejandro respiró hondo.
—Hay algo sobre mí que debo confesarte, antes de que supongamos lo que significa ser marido y mujer —continuó, buscando valor—. Yo nací… diferente.
Lucía frunció el ceño, sin comprender.
—Mi cuerpo —seguió él— no es como el de otros hombres. Yo no puedo… —le falló la voz—, no puedo estar con una esposa como lo hacen los demás. No puedo darte hijos. No puedo ofrecerte… esa parte del matrimonio.
Las palabras quedaron colgadas en el aire, frágiles como un vaso de cristal a punto de caer.
Lucía lo miró, esperando sentir rechazo, rabia o asco… pero lo que sintió fue otra cosa: reconocimiento. Ella sabía lo que era vivir en un cuerpo que casi no podía decidir nada. Sabía de vergüenza. De soledad. De silencio.
Alejandro dio un paso atrás, como si ya estuviera preparado para que ella lo rechazara.
