Alejandro la miró, con los ojos brillosos, pero no dijo nada más.
Tiempo después, Alejandro cayó enfermo. Una fiebre fuerte lo dejó débil y tembloroso. Lucía se quedó a su lado día y noche, limpiándole la frente, dándole caldos, obligándolo a tomar agua a sorbos pequeños, manteniéndolo vivo a fuerza de paciencia y cariño silencioso. Cuando, tras varios días, él abrió los ojos y la vio dormida, sentada en la silla junto a la cama, murmuró:
—Te quedaste…
—Soy tu esposa —respondió ella, sin abrir del todo los ojos.
A partir de ese momento, algo invisible cambió entre ellos. No era un romance de novela, ni un deseo ardiente, pero sí algo profundo: confianza. Compañerismo. Un lazo construido no sobre la obligación, sino sobre el cuidado mutuo.
Los meses se hicieron años. La casa se volvió más cálida, más llena de vida: flores en los jarrones, ollas hirviendo en la cocina, ropa tendida bajo el sol… pero seguía faltando un sonido: la risa de los niños.
Un día, mientras recogían la mesa, Lucía preguntó con delicadeza:
