A los 20 años mis padres me vendieron en matrimonio, pero en la noche de bodas descubrí su secreto

Alejandro la miró, con los ojos brillosos, pero no dijo nada más.

Tiempo después, Alejandro cayó enfermo. Una fiebre fuerte lo dejó débil y tembloroso. Lucía se quedó a su lado día y noche, limpiándole la frente, dándole caldos, obligándolo a tomar agua a sorbos pequeños, manteniéndolo vivo a fuerza de paciencia y cariño silencioso. Cuando, tras varios días, él abrió los ojos y la vio dormida, sentada en la silla junto a la cama, murmuró:

—Te quedaste…

—Soy tu esposa —respondió ella, sin abrir del todo los ojos.

A partir de ese momento, algo invisible cambió entre ellos. No era un romance de novela, ni un deseo ardiente, pero sí algo profundo: confianza. Compañerismo. Un lazo construido no sobre la obligación, sino sobre el cuidado mutuo.

Los meses se hicieron años. La casa se volvió más cálida, más llena de vida: flores en los jarrones, ollas hirviendo en la cocina, ropa tendida bajo el sol… pero seguía faltando un sonido: la risa de los niños.

Un día, mientras recogían la mesa, Lucía preguntó con delicadeza: