—¿Qué kínder? —susurró—. Mi hijo nunca fue a ningún kínder. Tiene niñera en casa.
—Sí fue —aseguró la niña, como si estuviera diciendo el color del cielo—. Jugábamos a las escondidas y él siempre se reía aunque debía estar calladito.
Rodrigo se quedó mirando a Marina, que ahora parecía querer desaparecer.
—Nos vamos —repitió ella, apretando la mano de su hija.
