Al hijo del millonario le quedaban cinco días de vida. Pero la pobre niña lo roció con agua inusual.

—¿Qué kínder? —susurró—. Mi hijo nunca fue a ningún kínder. Tiene niñera en casa.

—Sí fue —aseguró la niña, como si estuviera diciendo el color del cielo—. Jugábamos a las escondidas y él siempre se reía aunque debía estar calladito.

Rodrigo se quedó mirando a Marina, que ahora parecía querer desaparecer.

—Nos vamos —repitió ella, apretando la mano de su hija.